sábado

Señor autor, ¿quisiera escribir sobre mi?
solo un cuento cortito
o, ¿una poesía tal vez?
si usted me hiciese la heroina
me explusaría de esta aburrida monotonia
Autor, ¿me redactaría una historia?
una atrapante o fugaz aventura
tal vez con algunos dragones
o con estrellas riendose bajito
Querido escritor, ¿escribirá alguna vez sobre mi?
si me describiese con su pluma, sería todo un alago
me gustaría creerme que soy parte de su maravilloso mundo encantado
¿Contará ,tal vez, un cuento conmigo en él?
por favor, hazme de tinta y papel
entre sus letras dejeme correr
quisiera hallarme en su universo
prometo que haré silencio, solo observaré.
Talentoso escritor, 
alejeme de todo esto
lleveme y abraceme 
a algunos valientes personajes
a mis libros queridos
si usted lo hace señor
suyo sería mi destino
y usted mio mi autor favorito.
Encontraría una manera correcta de hablar
si supiese como expersarme
si fuese más resuelta, más lista
tal vez hasta el atardecer te tentaría a quedarte
Encontraría una forma de hacerte reír
si tal vez fuese más divertida u ocurrente
sin voz chillona historias extraordinarias te contaría 
en las que me aventuraria a ser en muchas la protagonista
Encontraria una manera de ser más sincera
si mis sentimientos supiese como contarte
sin vacilaciones sabría como mirarte
Encontraría la forma de que no te fueses
tal vez si a veces llorase un poco, o si solo riese
si mi cara fuese más dura
o mi nariz menos prominente
tal vez debería ser más exótica
y mis ojos más verdes
Si no fuese todas esas cosas que no te gustan
si fuese otra
tal vez ahí vos me quisieses.

jueves

Tal vez nuestra memoria comience a escaparse
nuestras piernas comiencen a cansarse
tal vez nuestra piel comience a doblarse
y nuestras manos tiemblen al encontrarse

Tal vez tardemos en oìrnos
demoremos en hablarnos
Tal vez tardemos en hallarnos
demoremos en mirarnos


Será querida nuestra noche más fría
nuestro día más largo
Serán más peligrosos nuestros años
más dolorosos nuestros pasos.

Será querida nuestro tiempo más osado
nuestras horas más tranquilas
Seran nuestros proyectos más alegres
nuestros minutos nuestros años.

Tal vez ya no temamos a la muerte
ya no querramos nuestro mundo
tal vez amemos nuestro campo
nuestros caballos nuestros ríos

Será el sol más caliente
Será la luna más alumbrante
Será nuestra la querida música
Será querida nuestro todo el cine
Serán nuestros amigos los cantantes
nuestros compañeros los personajes

Será nuestra tal vez la vejez
tal vez más nuestro el saber.
El colectivo para mi sola. 
Todo luces, todo asientos. Solo mío.
y claro un poquito tal vez; del colectivero.
El conductor todo pequeño. Todo serio, pequeño y silencio. 
Lo único que a veces lo delata, es su mirada en el espejo.
mirada tal vez algo cansada de domingo a la noche.
Un domingo a las 23.47 vacío. Como el colectivo.
El colectivo para mi sola. por calles oscuras

callecitas sin peatones, sin negocios, sin ruido.
y todo ventanas que son para mi sola, que las miro todas.
Elijo el plano que más me gusta, y suspiro
ay pero cuanta satisfacción colectiva.
los asientos, todos míos. Y apoyo el pie en uno, la cabeza en otro,
y la mochila un poquito en el de atrás.
Y que si bostezo, si río, si canto, total; todo mío.
Y domingo 23.58 y el colectivo todo mío frena en la esquina.
El colectivero también suspira y suben tres.
tres personas que ocupan tres de mis asientos
y me tapan tres de mis ventanas.
Y medio.
medio que me acomodo
y ya no me estiro sino
que medio que me duermo.
Y al ratito despierto
y el colectivo que vuelve a ser todo mío
ya casi llega
y me paro y toco un poquito mi timbre
Y el conductor
medio que se acomoda
y con su suspiro que me dice
al fin. todo mío.
el colectivo para mi solo.
Si fuesemos lluvia 
te invitaría a caer
gota a gota
vertiginosa
sobre las calles de Buenos Aires.
Te invitaría a desparramarnos 
por las veredas
por los coches
por los cabellos de los peatones.
Y si fuesemos lluvia
te invitaría a pasear
de un lado a otro de la ciudad
chocando, susurrando, centellando
truenos en una silenciosa noche
Si fuesemos lluvia
empaparíamos dulcemente
a las aves
a los árboles
y a los señores
Si fuesemos lluvia
se detendrían a bebernos
se detendrían a esperarnos
Si fuesemos lluvia
y llegaramos para refrescarlos
Si fuesemos lluvia
te invitaría a caer.


¡SE LE CAYÓ LA BU-FAN-DA!
Oscar se dio la vuelta con el cuello al aire.
Y las señoras del barrio gritaron escandalizadas.


-¿Y vos linda que querés ser en el futuro?
-una canción.
-¿Un músico dirás?
-no.
solo quiero ser canción. quiero que me tarareen bajito,
que me silben tempranito, que me canten sin comprender mi letra.
quiero susurrarles al oído, quiero ser eterna.


Soles de invierno
como risas de abuelo.


Acaricia mi ensueño el suave murmullo de tu suspirar…

Las..palabras..laten..cantan..acarician..mi suave..suspirar o es mi ensueño.
¡Qué sueño! ¡Qué suave es dormir! ¿Siempre es así de confortante?
Permanezco todavía con los ojos cerrados, mi mente se niega a regresar, en ella siguen circulando ríos de leche, nubes de algodón y mis pensamientos se abrazan al calor de las frazadas.
Tal vez es el murmullo el que me hace abrir los ojos, o tal vez fue la sensación de sentirme observada. El caso es que los abro, y me exhausta el color almohadoso de las paredes.
Pestañeo varias veces, intentando recuperar el sentido, o la razón.
La ignorancia sobre todo lo que me rodea funciona como un baldazo de agua fría. Y comienzo a centrar la atención en ello.
Cuatro largas paredes se extienden sobre mi con un peculiar color piel.
Se entremezcla una fragancia a recuerdos mezclados, que me es imposible identificar, pero que sin embargo, me producen la extraña sensación de deja vu.
Oigo como el murmullo disminuye e inmediatamente el sueño da paso al desconcierto, seguidamente al terror, que se transforma en sueño y nuevamente en confusión.
Pero, ¿Qué? ¿Dónde? ¿Cómo?
Cierro los ojos intentando calmarme y entender lo que sucede.
Pero evidentemente no funciona, aún con los ojos cerrados la imagen de la inmensa habitación continua latente.
Siento mi corazón acelerarse, y el calor que tan confortante me parecía hace un momento ahora me resulta agobiante. Se me dificulta respirar y me incorporo. Descubro que todavía estoy vestida con la ropa que usé ayer en el trabajo y que anoche, demasiado cansada, demasiado holgazana  me resistí a cambiar.
Siento los ojos empañados, no se si es la humedad del lugar, pero cada vez se me dificulta más el ver.
Me esfuerzo en intentar recordar más sobre anoche, pero lo único que llega hasta mi mente es el gato acostado a un lado de la cama, mi espalda al ventilador y mi cara a la ventana, no hay más. Eso es todo.
Me pregunto si algún ser extraño habrá entrado por la ventana y me habrá llevado con él vaya a saber a dónde.
El murmullo se intensifica y me pongo en alerta. Agudizo el oído, y descubro que a lo que había llamado “murmullo” no es más que el ronquido lejano de alguien, y una mezcla de voces contando historias sinsentidos.
Nuevamente la sensación de deja vu me embarga.
Y cuanta más atención le dirijo a las voces que resuenan entre las cálidas paredes, más difusa se me pone la vista,  y más pesados me resultan los brazos y de nuevo el sueño…
Algo hace click dentro de mi mente, y recuerdo algo que me dijo alguien un día, “basta con mirarse los pies para…”
Fijo la vista en ellos, o dónde se supone que deberían estar, y largo una carcajada.
“basta con mirarse los pies para saber si uno está soñando”
Vuelvo a mirar lo que me rodea; así que este color tienen los sueños.
Y de repente todo se hace más cálido y acaramelado.
En cierta manera, me divierte la ironía de la actual situación.  El sentirse despierto y dormido a la vez. Me siento un niño en una dulcería, con el don de crear todo cuanto quiera, ya que de todas maneras, es mi sueño, y es mi oportunidad de hacerlos asemejarse a la realidad.
Sonrío, y mi mano se acerca a la pared, y es que, nunca hasta ahora, ¡había tocado un sueño! Pienso en cuanto podría explorarme a mi misma.
Y extiendo la mano y acaricio el aire y la pared, que al tacto se torna fría, y al tacto deja de ser aire, pared para ser sábana. Sábanas que rozan mis manos.
Y es tarde, lo sé. Me siento volver. Y con ello, vuelven las responsabilidades, y la luz que filtra la ventana que llega a mis ojos cerrados, me pone en alerta. Si son más de las 8 estoy llegando tarde a clase. Además tengo que imprimir unas hojas antes, y no le avisé a Ludmila que me lleve las fotocopias. 
Más tarde, en el colectivo tal vez, recordaría haber soñado algo interesante. ¿Qué era? Bah. Ya fue.
En alguna radio, Gardel sigue cantando:
Todo todo se olvida.

El día que callaron todos los ruidos
se silenciaron todas las voces
El día que la ciudad se vistió de muda
y la noche de sueño
El día, que todo fue silencio
sin música, bocinas, ni gritos.
Más bella me resultó tal vez la calle
o menos agotador el viaje
El día que callaron los sonidos
más relajante fue el mirarte
el no escucharte
el no pelearte ni pensarte
Más feliz, más calmo fue nuestro hablar
e inevitablemente tan agónico nuestro andar.


una aventura corre.
en mi fracasado intento por traerla choco una y otra vez con aquella pegoteante rutina.




Oda a tu cabellera.

Tenías el pelo del color más extraño que haya visto. Un tono entre castaño, rojizo y dorado. Era una hermosa melena tricolor. Ay pero si llovía, ahí solo parecía de un común y corriente marrón.
Inevitablemente fuiste el primero al que miré al entrar a la clase, y lo mismo me sucedió durante las siguientes mañanas. Así que al fin y al cabo, terminaste por gustarme.
A veces te miraba sin querer, era como si mis ojos hicieran imán en tu despampanante cabello. Alguna clase de misteriosa atracción. Pero claro, vos tan tímido, parecías no darte cuenta de aquel encanto que producías. Permanecías ajeno a todos, calladito, quietito, haciendo tus cuentas en el margen de las hojas Rivadavia.
Al tiempito me percate de que lo mismo le sucedía a la mayoría de las niñas del salón, por supuesto.  Posiblemente ellas tampoco pudieron dejar de mirarte. Y está bien, no las culpo ¡quien se resiste a semejante cabellera!
De todas maneras  estaba segura de que mi amor era el más fuerte y verdadero y  por supuesto,  te merecía más que todas. Y es que, también mi brillante castaño oscuro quedaba en perfecto composé con tu rubiesitocastañorojizo.
Algunas pocas veces al día, conseguía que me miraras. Te chocaba, te hablaba, te hacía ojitos y me parecía que comenzaba a enamorarte.
Pero mi verdadero fin, llegó la semana pasada en forma de pelirroja. Esa niña con pelo colorado chillón y con un rostro rebalsante de pecas, que mareaba verla demasiado rato.
En fin pensé que era demasiado chocante para mirarla y que nadie en su sano juicio podría llegar a entablar ningún tipo de relación. Sin embargo, al tiempito te le acercaste a hablar. Así como que no va la cosa, en la fila le preguntaste su nombre y de donde venía.
En el momento pensé que solo lo hacías de gran caballero que sos, pero cuando ahí  al par de días le prestaste tu lapicera favorita azul comencé  a sospechar.
Ahora  de pronto, todos los días se hacen ojitos, y se pasan papelitos.
Pero esta mañana ha llegado muy lejos cuando presencié con horror como le regalabas tu bolsa de caramelos de limón. Creo que ahora, si me vienen los dos juntitos haciendo manitos del recreo, le pondré un fin a esto; te pediré que te vayas retirando del salón, que me devuelvas mis tres lápices de color y te vayas a rasurar la cabeza a Siberia junto con tu nueva novia prima de Ron Weasley.


Todas las estrellas son de la noche.

miércoles


- Manuelita,  te das cuenta que toda nuestra vida no es más que un recuerdo...
- ¿Qué decís Pedro?

- Y cada vez olvidamos más cosas. ¡Estamos perdiendo años!
- Es que estás viejo.
- La gente envejece cada vez más temprano. Recuerda menos. ¡cuanta vida a la basura!
- Por eso tenés suerte de tenerme.
- ¿Cómo decís?
- Por ser tu segunda memoria, y recordarte por ejemplo, que ya son las 23 y todavía no sacaste la basura, dale.
El sol nos enrojecía las mejillas
El sol nos humedecía las manos,
y rendidos a nuestro calor
nos refrescabamos en las sombras de los viejos árbustos.
Nuestros pies, se desnudaban en un vano intento de atraer una brisa.
Nuestro cabello se recogía en formas amorfas dejando al descubierto la esperanza de que un escalofrío nos recorriera la nuca.
Nos desalentaba la humedad.
Nos desganaba la temperatura.
Y rendidos caíamos al piso como langostas. A la espera de un ansiado invierno.
Más tarde vendría la lluvia, y nos empaparía de resignación.
Y cuando finalmente el frío nos cubriera:
El viento nos despeinaría
El viento nos inundaría los ojos de lágrimas.
Nuestra nariz y orejas se enrojecerían.
Y el habitual resfríado se instalaría en nuestras camas.
Y tendidos caeríamos entre frazadas. A la espera de un ansiado verano.

martes


¿De qué color sueñan los que siempre duermen?
¿En qué nube descansan los sueños de los que han partido?
¿Qué música escucharán los dormidos?
¿A dónde se habrán escondido los sueños de mi niñez?
Sueños olvidados, sueños repetidos
Pesadillas azules negras y violetas
Cierra los ojos ave, ¿con qué color te adormeces al amanecer?
Y tu pez, ¿acaso duermes alguna vez?
Sueños aguados, sueños blanquecinos
Pesadillas traviesas mezquinas de alegría 
Gran nube, ¿qué cuento nos contaras hoy?
Pequeña nube, ¿qué sueño lloverás al anochecer?


Con una voz, que hace tiempo no oía salir de mi garganta
Canté
Entoné aquella canción, que durante tanto tiempo me había resultado insulsa, aquella que tanto color y significado había perdido, y que ahora, nuevamente tomaba luz.
Apreté la manita de Lucía, antes tan fragil y ahora ya parecida a la de una mujer.
Y miré a mi alrededor.
La multitud me abrumó, miles de caras, con viejas heridas de hambre, hoy sonreían satisfechas ante un futuro alentador.
Antes de cantar la última frase
alcé la vista al cielo y pensé
hoy si con orgullo el pueblo viste tu color.
Lucía me miro y sonrío.
"Oh juremos por gloria morir."



El momento preferido del año, era para Arturo aquella única noche en la que ambas lunas, la azulada y la rojiza,  se unificaban tomando un color violetaceo, que resplandecía ante la negra noche.
Ese día en el cielo no se divisaban estrellas, pues su luminosidad se opacaba frente a aquel maravilloso suceso.
Arturo esperaba aquel día más que cualquier otro. Pues su concepción del tiempo se basaba exclusivamente en el trayecto de las lunas, todos los años, preparaba su manta azulada y se acostaba de cara al cielo.
Su disparejo cuerpo se expandía lentamente sobre la manta,  sus ojos se agrandaban y sus pupilas tomaban el color de la noche.
Arturo, expectante, permanecía allí recostado, tenía la percepción de algo mágico en aquellas oportunidades. Como si las lunas, antes blancas, ahora violetas, antes solitarias ahora juntas estuviesen en medio de un maravilloso acto de amor y misterio.
En aquellas oportunidades, disfrutaba el hablarles, era la única oportunidad en la que se sentía acompañado, y ya cerca del amanecer, les silbaba una canción de despedida. 
Aquella noche, Arturo luego de admirarlas un rato largo en silencio, les silbó una melodía, tan bonita que la luna no pudo evitar sonrosarse durante unos minutos.
La noche se fue volviendo azul, hasta que el que sol comenzó a asomarse, y las lunas se desprendieron y cada una marchó hacia una dirección diferente.
Arturo las saludó y dejó caer sus pesados ojos pensando en el misterio de aquellas noches, y en el curioso sol que se aventuraba por un extremo celoso.
Lo que Arturo, en su aislado mundo no sabía,
es que en las noches de lunas violetas,
el universo da nacimiento a nuevos mundos,
y el sol, compañero, siembra en ellos, alentadoras sonrisas.

La noche me huele a nubes
y hoy mi alma aspira a ser sueño
Mis ojos se adaptan a la penumbra
y mis pies se hunden en esta calida lluvia.
Hoy me decido a ser sueño,
cabalgaré montado a tus hombros
sujetando recuerdos de tu pequeña niñez
Te silbaré canciones de cuna
y con mis palidas manos te tejeré
bufandas de colores
amarillo, verde azulado,
amigos bajitos
y unas alas celeste morado.
Hoy me decido a ser sueño
y tu noche te aseguro que colorearé
pintaré cielos con tres soles
árboles con botones
y a la luna te subiré
Hoy seré sueño
deja tu ventana abierta a mis pies
déjame espacio entre tu pelo café
cúbreme con tus sabanas de bebé
hoy me decido a ser sueño
hoy mis lapices escribirán sobre algodón
hoy no guionaré clichés
 fantasia misterio
hoy a un flaquito sonorizaré
tu cabeza en mis hojas sumergiré
y de nube en nube me acomodaré
Hoy suave sueño me decido a ser.

Y LAS RISAS SE PROPAGARON COMO EL MAS DULCE FUEGO


La ciudad impasible, monótona, se descoloraba en un invernal martes gris.
El tren arribó a la estación de Retiro; muchedumbres soñolientas se refugiaron en una apresurada pelea por asientos vacíos. Vagones enclenques fueron repletos de figuras encapuchadas, y rostros sombríos.
Era la hora del regreso; la hora de la prisa y el cansancio.
En cuestión de segundos el tren rebalsando individuos, se puso lentamente en marcha.
El correr del motor sonaba como el lamento de una ochentona, que ya muchos años han pasado por sobre ella, y que a duras penas consigue mantenerse en pie.
Los rostros reflejados en las ventanillas, lucían una mirada ausente, y el anterior frío paralizador de extremidades comenzó a dejar lugar a una ola de calor agobiante.
La ola comenzó a extenderse entre las personas, y en los rostros comenzó a apreciarse un color más rosado.
En el fondo de un vagón, sentado de cara a la ventanilla, un anciano miró el rostro rechonchado de un niño que luchaba enérgicamente contra unos enormes guantes que le cubrían ambas manos.
El niño en un arrebato de desesperación lanzó un bufido y con un fuerte movimiento consiguió liberar una de sus pequeñas manos.
Su prisionero, un guante de lana azulado, voló lejos de su dueño, para caer finalmente, en el cabello de una rubia mujer,  quien ante el cansancio de un largo día, se había sumergido en un pesado sueño, sin percibir nada de lo que sucedía.
El anciano que observaba aquella escena fascinado desde el fondo de su asiento, no pudo más que estallar en una formidable carcajada.
El niño animado por su victoria, y por la respuesta en su espectador, corrompió también en una risa igual de estruendosa que la anterior.
Ambas risas se complementaron armoniosas y fueron a dar contra todo individuo del vagón.
Rápidamente el efecto comenzó a reflejarse en la muchedumbre que contagiada ante aquella inocente alegría, no encontraba motivo de mesura.
Las risas comenzaron a circular de vagón en vagón y se propagaron como el más dulce fuego.
Los rostros antes apagados, resplandecieron confundidos.
El tren, ya encendido por completo, circuló toda la noche de estación en estación encendiendo distintos sectores de la ciudad.
Y ni el más atemorizante frío pudo apagar la llamarada de aquella noche,
la tragedia y monotonía retrocedieron rendidas a esconderse, para darle lugar, a las fervientes carcajadas de los transeúntes distraídos.